domingo, 12 de septiembre de 2010

Los 3 primeras posiciones

Lituania pinta la sorpresa de bronce

Serbia no fue lo que quiso ser. Lituania continuó siendo lo que mejor ha sido. Y de ahí sale un bronce báltico y una decepción balcánica. Por la derrota y por lo lejos que ha estado de competir en un partido que podía haber hecho suyo. La Lituania que se veía fuera de la lucha más noble, la que albergaba mil dudas en la posición de base, la que tenía en Kleiza un intento de supernova, que había renunciado a cierto relevo generacional... La misma. Ahora es bronce. Y Kemzura que lo celebra.

Como es habitual, el inicio de cada partido regala presiones asfixiantes sobre el cerebro Milos Teodosic. El encargado, en este caso con presión a toda la cancha, es un Renaldas Seibutis poco utilizado por Kemzura. El ahogo no llegaba a las dimensiones de Onan en el inicio del partido de semifinales, así que pudo empezar a mover el partido, primero con un triple de un Rasic –que había desaparecido en la fase final– y luego con dos para un Marko Keselj excelso, de bellos y longuilíneos lanzamientos a un alto nivel de exigencia.

Lituania negaba los balones interiores, con Javtokas como baluarte defensivo, y en ataque aprovechaba a su estrella Linas Kleiza, con el que se mantenían en el primer término en el partido (11-9). Las sensaciones primerizas contradecían la lógica de la puñalada moral que albergaría Serbia y el todo por ganar lituano, tras una derrota esperable y a todas luces menos traumática. No era eso lo que revelaba un 18-9 con una Serbia mucho más metida y la descendente intensidad de los bálticos. Hasta que apareció desde el banquillo Paulius Jankunas para contravenir el liderazgo serbio. Con siete puntos consecutivos, más la obligación de que Rasic organizara el ataque por la presión a Teodosic, Lituania se puso a uno (22-21), faena que remató Pocius con dos tiros libres: 22-23 y una Serbia desconectada, sin hilar movimientos ofensivos.

Se acabó lo que se daba, dijo Kleiza

En el segundo cuarto, el partido ya se había instaurado en una aparente igualdad, en la que cada ataque balcánico era un atasco en el uno contra uno, mientras que Jankunas rompía con continuidad la defensa de los hombres altos. Con 11 puntos en su haber, y una gran asistencia al silenciosamente apático Simas Jasaitis, aparecía un 26-30. Lo que no había logrado un hombre del tamaño de Javtokas lo estaba logrando un interior más bajo, pero también más veloz y dinámico, como Jankunas. La explotación de ese detalle estaba dando la vida a Lituania, que tendría en Kleiza el relevo del daño ofensivo. Con 28-34, Lituania gozaba de una constancia en ambos lados de la cancha de la que carecía Serbia, que acumulaba tiros surgidos de jugadas aisladas, buscados a partir de la calidad individual de sus individuos pero sin buscar desequilibrios. El triple de Jasaitis, ese tirador figura de la inconsistencia de gran Mundial y buena temporada en el Galatasaray, junto a un Kleiza que volvía a firmar el papel de estrella que había olvidado en la habitación en semifinales ponía la máxima diferencia: 35-45 para los hombres de verde.

Serbia había perdido el norte, los hombres interiores lituanos les estaban condenando a la oscuridad del marcador (28 puntos entre Kleiza y Jankunas al descanso) y sólo el triple de un Rasic que volvía a ser ese tirador compactador de equipo que Serbia había descubierto para su enorme beneficio en la primera fase, impidió que Lituania se fuera al descanso con más de 10 puntos de ventaja (38-48). Y es que Kalnietis había culminado un 2+1 con anterioridad que desataba la locura en Lituania, esa sorpresa del campeonato, alejada de la maravilla pero sobrada de explotación. Todo ello, a pesar de que su base apenas había aparecido en la primera mitad. He ahí una sangrante diferencia para Serbia: Lituania había aprendido la virtud de la multipolaridad ofensiva, de resultas de la ausencia de un auténtico jugador top en la posición de playmaker; Serbia se encomendaba continuamente a la genialidad de un hombre. Y al naufragio de la derrota al descanso si todo no funcionaba como el guión de Ivkovic había escrito.


El parcial de 12-2 de los serbios, gracias a Savanovic y Tepic sólo significó el honor final. Pero no pudieron más que dar algunas pinceladas para sí mismos, no empañar la bandera lituana que subirá al tercer escalón del podio: 88-99.

Aquí sí, aparece 2011. El lugar para el que todos coincidían que había que pensar, y para el que ahora se forjan punzantes armas de cuádruple filo. La presión, las expectativas creadas, los jugadores que no han estado y querrán estar... Mucho en lo que pensar. Pero mejor después de la celebración. Porque lo que ya nadie le va a quitar a Lituania es la medalla. Porque es suya. Son bronce. Principalmente, quién lo iba a decir, porque lo han merecido.


Mundial para Estados Unidos

¡Kevin Durant y Estados Unidos son los reyes del Mundo! 16 años después, la selección norteamericana recuperó la corona mundial del baloncesto al imponerse a Turquía (64-81) en la final del Campeonato del Mundo. En 1994, en Canadá, la estrella de aquel equipo fue un joven Shaquille O’Neal que, poco después, se convertiría en leyenda de la NBA. En Turquía, otra joven estrella llamada a marcar una época en la liga norteamericana decantó la final. A sus 21 años Kevin Durant fue el absoluto dominador del partido y se encumbró como estrella mundial con un partido digno de los más grandes.

Concluyó con 28 puntos y cinco rebotes, pero lo mejor fue cuando el partido estuvo vivo, cuando los dos equipos pelearon cara a cara y cuando se vio al mejor jugador de este torneo. Durant terminó la primera parte con 20 puntos y lideró a su selección a una ventaja que supo administrar.

Turquía planteó un partido desde el orgullo y el corazón de tener un país a sus espaldas. Argumentos estos más que suficientes para pasearse hasta semifinales y duramente superar allí a Serbia. Sin embargo cuando delante está una selección como Estados Unidos hay que ofrecer más argumentos que los que vienen de la emotividad y allí comenzó a escapársele la final a Turquía. Sólo Hedo Turkoglu (16 puntos) dispone de este talento y mientras el físico le aguantó Turquía estuvo dentro de la final. La pena es que fueron escasamente 20 minutos y, sin su presencia en el inicio del tercer cuarto, Durant acabó con la esperanza de la afición que llenó el Sinan Erdem Dome.

Estados Unidos completó un partido perfecto, jugando como un equipo en el sentido amplio de la palabra, sabiendo depositar en su líder toda su confianza cuando era necesario y apoyándole cuando pedía ayuda en al anotación. Russell Westbrook (13 puntos y seis rebotes) y Lamar Odom (15 puntos y 11 rebotes), fueron fieles escudero del hombre que ha devuelto la corona a Estados Unidos… y de paso se ha asentado en un trono donde espera permanecer muchos años.

Turkoglu y Durant marcan el ritmo de partido

Una espectacular crossover y triple de Kevin Durant desató un inicio de partido vibrante y digno de lo que se espera de una final mundialista. La afición turca intimidaba con su atronadora pitada en cada ataque norteamericano. Era imposible oír al base mandar sistema, pero eso nunca hizo falta en Estados Unidos porque Kevin Durant rompía él solito la zona turca con dos triples que marcaban desde el principio la línea que no quería que su rival cruzara (7-12). Por suerte para el espectáculo, Turquía quería cruzarla, mantenía su fe y convicción en la zona y ésta daba los suficientes dividendos para que un triple de Hedo Turkoglu colocará por delante a Turquía por primera vez en el encuentro (15-14).

Los locales se crecían y hacían enfervorecer a su afición con un parcial de 10-2. Estados Unidos ya sabía que para ganar el oro debería de sudar mucho, superar a gran equipo, una hinchada de 15.000 almas en su contra y un arbitraje que comenzaba a enfadar a los jugadores norteamericanos por la permisibilidad que dejaba emplear a la dureza otomana.

En situaciones de urgencia Estados Unidos siempre recurrió en este Mundial a la maestría y la clase de Kevin Durant, el partido comenzaba a deparar un bello duelo de éste con Hedo Turkoglu, pero un problema del turco le obligó a irse al vestuario y dejó huérfana a su selección en el momento en el que la defensa comenzó a morder y por dos ataques consecutivos hizo que el equipo turco consumiera los 24 segundos de posesión. Una espectacular defensa de Eric Gordon culminada con un soberano tapón era el más claro ejemplo de que Estados Unidos ya funciona con el mono de trabajo y que estaba al mismo nivel de agresividad que su rival. El partido sin ser extenso en anotación lo tenía todo para ser una magnífica final y el primer cuarto se cerraba con un parcial 8-0 favorable a una selección norteamericana que recuperaba el control del marcador (17-22).

Estados Unidos estaba en racha y disfrutaba con el parcial de los Thunder boys. A Durant hacía rato que se la había unido un explosivo y enérgico Russell Westbrook. El base era el factor desequilibrante del momento y hacía crecer la ventaja del su equipo hasta los ocho puntos. La situación para Turquía reclamaba la vuelta de su héroe baloncestístico y Hedo respondía a los deseos de su afición.

El juego decae, Durant no

Fueron instantes de imprecisiones y muchas interrupciones que hicieron empobrecer el partido. Tres minutos sin anotar una canasta en juego ponía en duda el buen inicio de encuentro, aunque para los intereses norteamericanos el encuentro transcurría por los cauces que más le convenía y mantenía una ventaja cómoda de 10 puntos que Turquía no era capaz de poner freno porque estuvo cinco minutos sin sumar canasta alguna en juego. Y cuando lo hizo, Durant replicó.

El monólogo del alero comenzaba a ser espectacular sumando 20 puntos en menos de 18 minutos y cuando el resto de sus compañeros sólo llegaban a los 16. Tras una primera parte combatida, Turquía podía decir con orgullo que tuteaba a la lustrosa selección americana aunque seguía claudicando ante un solo jugador, pero vaya jugador. Estados Unidos lograba salvar la última acometida otomana y al descanso volvía a habitar la renta de 10 puntos en el marcador (32-42).

El largo descanso producido por la entrega de premios a los jugadores que entraron en Hall of Fame de la FIBA no cambió para nada la dinámica del encuentro. El intento de reacción turca por medio de la zona con el que se abrió la segunda parte fue fulminantemente destrozado por dos triples de Kevin Durant. El de Oklahoma City Thunder rompía el partido, elevaba las diferencias a los 16 puntos y con la celebración de su segunda canasta encendía a un público que trataba de recuperar el ánimo de un equipo que sangraba y veía peligrar sus constantes vitales en el encuentro.


El momento de romper el partido

En un movimiento táctico aparentemente ilógico, Turquía tenía que remontar con tres suplentes en pista y con un Turkoglu que, después de su gran inicio de encuentro, se mantenía perdido y en el banquillo. Como tampoco era el día de Kerem Tunçeri, tenía que ser Ender Arslan quien, con dos triples, recuperará el ánimo al equipo y la ilusión de la afición. Después de mucho tiempo sin hacerlo el Sinan Erdem Dome volvía a ser una olla a presión en cada ataque americano (41-52).

Como en la primera parte, cuando el sonido ambiente elevó los decibelios y el choque se calentó tuvo que ser la pareja de los Thunders quien calmara la animosidad turca. Un triple de Westbrook y una canasta de dos de Durant (quien abusó por momentos de la defensa de Kerem Gönlüm) suavizaba el amago de reacción turca distanciándose Estados Unidos otra vez por encima de los 16 puntos.

Fiesta final

El último cuarto presentaba el bonito reto de saber si todo el corazón y el orgullo de la nación otomana, representada por sus 12 gigantes sería capaz de remontar 13 puntos de desventaja y neutralizar a esa gran bestia del baloncesto que era Kevin Durant. Pronto se vio que no sería así y dos rápidos contraataques culminados por Derrick Rose más un triple sobre la bocina de Lamar Odom pusieron la máxima ventaja en el partido (50-68).

Convertido en una misión imposible, el partido volvía ver en acción a Turkoglu, era demasiado tarde y la diferencia entre uno y otro equipo era ya demasiado evidentes los 20 puntos de diferencia enseguida cayeron con un Rose y Odom adquiriendo las cuotas de protagonismo anotador que Durant ya no necesitaba emplear.

Con el partido decidido y un claro ganador, los dos equipos decidieron brindar un último espectáculo a al afición y mostraron cinco minutos de excelencia ofensiva. Ya no había nada que perder y la afición así lo entendía ovacionando a sus héroes y gritando lo que viene a ser en turco el ¡campeones, campeones¡ Era el bello canto del cisne de un país que vibró durante dos semanas con el baloncesto y disfrutó del mejor equipo del mundo y el mejor jugador de la actualidad, Kevin Durant.

Fuente: ACB deportes

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